Los Misterios Mayores

CAPITULO I

EL EDEN

El Edén es el mundo etérico. El Edén es el mismo sexo.

El mundo etérico es la morada de las fuerzas sexuales. El mundo etérico es el Edén. Nosotros salimos del Edén por la puerta del sexo; sólo por esa puerta podemos entrar al Edén. Al Edén no podemos entrar por puertas falsas, tenemos que entrar por la puerta por donde salimos.

El gobernador del Edén es el Señor Jehová. El Señor Jehová mora en el Edén; el Señor Jehová mora en el mundo etérico porque este mundo es el Edén. El mundo etérico es el Paraíso.

El éter es el quinto elemento de la naturaleza. El color azul que vemos en las lejanas montañas es el éter del Edén. En los futuros tiempos el mundo etérico se hará visible y tangible en el aire.

En los futuros tiempos los dioses elementales del fuego y del aire, del agua y de la tierra, se harán para nosotros visibles y tangibles en el aire.

Todo sale del éter, todo vuelve al éter. El éter es el huerto del Edén.

EL LABARO DEL TEMPLO

La materia prima de la Gran Obra es el semen cristónico.

El semen es el agua pura de vida, es el agua de todo lo que existe, es el agua del Génesis.

Una planta sin agua, se seca y muere. El agua de las plantas es el semen vegetal y este se transforma en hojas, flores y frutos. Las combinaciones de la substancia infinita son maravillosas.

El mar es el semen del planeta Tierra. Todo sale del mar, todo vuelve al mar. Nosotros tenemos al mar en nuestras glándulas sexuales. En nuestras aguas seminales se encierra el misterio de la vida. Los continentes salieron del mar y volverán al mar.

Nosotros salimos del semen espermático del primer instante. Los animales de toda especie llevan el secreto de su existencia en sus aguas seminales. Los hombres sólo ven las groseras partículas de materia física que forman la corteza material de las aguas puras de vida.

Nosotros conocemos en el Edén las aguas del mar de la vida. En el Edén vemos esas aguas del Génesis resplandeciendo de gloria. De esa materia prima de la Gran Obra ha salido todo lo creado, Las combinaciones de la substancia infinita son maravillosas.

En los recintos sagrados de los templos no falta jamás un vaso sagrado lleno de agua pura de vida. Ese es el lábaro del templo. El que bebe de esa agua de vida eterna nunca jamás tendrá sed, y los ríos de agua pura manarán de su vientre.

Esas son las aguas de Amrita. Esa es la Múlaprakriti de los orientales. Todo el universo se reducirá a su semen cuando llegue la Gran Noche. El universo salió del agua y volverá al agua.

El agua pura de vida es el lábaro del templo.

Las aguas del Génesis están gobernadas por los rayos de la Luna y por los dioses elementales de las aguas.

LOS CISNES DEL PARAISO

El cisne Kálahamsa, posado sobre una flor de loto, flota sobre las aguas puras de vida. Kálahamsa significa "Yo soy El, Yo soy El, Yo soy El". En otras palabras podemos decir: "El espíritu de Dios flota sobre la haz de las aguas".

La Divinidad alienta sobre el mar de la eternidad. Dios está dentro de nosotros mismos, y dentro de nosotros mismos lo podemos encontrar. Yo soy El, Yo soy El, Yo soy El.

Dios es amor. El amor se halla inmanente y trascendente en cada gota del gran océano. A Dios sólo lo podemos encontrar en el sexo y en el amor. El cisne representa al amor. El amor sólo se alienta con amor. El cisne nació para amar.

Cuando uno de la pareja muere, el otro muere de tristeza.

En el Edén los cisnes asisten a la mesa de los ángeles. Ellos elaboran, dentro de la inmaculada blancura de sus buches, manjares inefables que los dioses beben en sus copas diamantinas. Las combinaciones de la substancia infinita son maravillosas. El semen que llevamos en nuestras glándulas sexuales es la substancia infinita del gran océano. Las múltiples combinaciones de esta substancia infinita se convierten en continentes llenos de plantas, flores y frutos. Las múltiples combinaciones de esta substancia infinita dan origen a todo lo creado: aves y monstruos, hombres y bestias. Todo sale de las aguas seminales del Génesis; en esas aguas alienta el amor. Cerca del castillo de Montsalvat, Parsifal rompió su arco lleno de remordimiento después de haber matado al cisne.

El cisne de Leda nos recuerda a los encantos del amor. El cisne del amor hace fecundas a las aguas de la vida. El fuego del amor hace brotar a la vida de entre el gran océano.

El agua es el habitáculo del fuego. El fuego sexual dormita entre las aguas puras de vida. El fuego y el agua, unidos en un trance de amor, dieron origen a todo el universo. Dentro de nuestras aguas seminales alienta el fuego del amor. El fuego del amor hace fecundas a las aguas de la vida. El cisne simboliza al amor; el cisne sólo se alimenta de amor. Cuando uno de la pareja muere, el otro sucumbe de tristeza.

EL ACTO SEXUAL EN EL EDEN

En el Edén sólo reina la castidad. En el Edén, la sexualidad es tan pura como la luz de los elohim. Sin embargo, en el Edén también existe el acto sexual. Plantas y flores, árboles y dioses, aves y reptiles, animales y hombres, todo sale del sexo. Sin el sexo es imposible toda creación.

Las plantas tienen, como los hombres, cuerpo, alma y espíritu. Las almas vegetales son los elementales de la naturaleza. Toda planta, árbol o hierba, tiene su individualidad particular.

Cada planta es una individualidad de cuerpo, alma y espíritu. Estos son los ángeles inocentes del Edén. Estos son los elementales del Edén. Estos elementales se organizan en familias vegetales que los botánicos clasifican con nombres latinos.

La magia vegetal nos enseña a manipular a los elementales de las plantas. Estas familias vegetales tienen en el Edén sus templos y sus dioses. Los dioses del Edén son los reyes elementales de la naturaleza.

Ninguna planta podría dar fruto sin el amor y sin el sexo. Los elementales de las plantas también saben amar. El lecho nupcial de estos seres inefables del Edén está formado por las raíces de las plantas y árboles. Los elementales de las plantas se unen sexualmente pero saben retirarse a tiempo para evitar la eyaculación seminal. Habiendo conexión sexual, siempre pasa la semilla a la matriz sin necesidad de eyacular el semen. Así queda fecunda la hembra, y la vitalidad interna fecundada hace brotar el fruto. Las combinaciones de la substancia infinita son maravillosas. El éter de la vida sirve entonces de instrumento para la reproducción de las plantas.

El éter químico permite las transformaciones vegetales; los elementos químicos se transmutan, asocian y disocian, y la planta se llena de ricos frutos; así brota la vida. El éter luminoso tiñe de colores inefables a las flores, frutos y a todas las cosas; todo resplandece bajo la luz del sol. El éter reflector es entonces un espejo inefable donde la naturaleza se recrea. Así surge la vida de entre las entrañas del Edén. En el Edén las montañas son azules como el cielo y transparentes como el cristal. Cuando el hombre se reproducía como las plantas, vivía en el Edén.

Entonces los ríos de agua pura de vida manaban leche y miel. El hombre parlaba el Gran Verbo universal de vida y el fuego, el aire, el agua y la tierra le obedecían. Toda la naturaleza se arrodillaba ante el hombre y le servía, porque el hombre no eyaculaba su licor seminal. El hombre se unía sexualmente a su mujer y se retiraba antes del espasmo para evitar la eyaculación seminal.

Durante el acto sexual, las jerarquías lunares sólo utilizaban un espermatozoide para la reproducción de la especie; fácilmente se escapa un espermatozoide de nuestras glándulas sexuales sin necesidad de derramar el semen. Así la hembra queda fecunda y brota la vida. Esta es la inmaculada concepción.

En el edén mora una virgen inefable relacionada con la constelación de Virgo; este ser trabaja con los rayos de la Luna y es la Inmaculada Concepción, un elohim primordial del Paraíso. Aquellos que vuelven al Edén conocen a este elohim purísimo que gobierna las inmaculadas concepciones.

Bendito sea el amor. Dios resplandece sobre la pareja perfecta.

 

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